Bosques de olivillos y especies que sirven como alimento de distintos animales se están secando y podrían tener problemas para regenerarse. Según la botánica Mary Kalin, quien lleva décadas analizando el sector, este año es cuando la falta de agua ha mostrado sus peores consecuencias. Fuente: El Mercurio, 10 de febrero de 2020.


La alta montaña de la zona central también acusa los efectos de la megasequía


A la altura del Santuario de la Naturaleza de Yerba Loca, un bosque de olivillo está pintado de amarillo. Es el mismo color que debería tener en abril, pero no cuando recién comienza el mes de febrero. El bosque de montaña ha tenido un adelanto inusual en su florecimiento. Y la culpable, explica Mary Kalin, botánica y ecóloga, es solo una: la megasequía que invade la zona central. Cuando hace unos 40 años Mary Kalin comenzó a subir a la cordillera frente a Santiago a estudiar la vegetación de altura, le llamó la atención una planta que crecía entre las curvas dos y tres del camino a Farellones. Se trataba de una rareza, ya que la especie Chuquiraga oppositifolia vive normalmente mil metros cerro arriba; de alguna forma una de sus semillas llegó cerro abajo.

En las cuatro décadas siguientes, cada vez que pasaba por el sector la miraba y saludaba, como si fuera una vieja amiga. Pero este año descubrió que la planta se había secado. ‘Me dio mucha pena, incluso le tomé una foto y se la mandé a otro colega’, cuenta la especialista de la U. de Chile y premio nacional de Ciencias, quien invitó a ‘El Mercurio’ a observar el impacto de la actual megasequía en la vegetación de montaña.

Según la especialista, desde hace seis años que la vegetación ha empezado a acusar cambios, producto de la megasequía. Pero ha sido este verano en el que ha habido el impacto más fuerte. ‘Esto tiene muchas consecuencias. No es solo que las hojas están cayendo. Si todo el proceso se adelanta, la floración es más débil y también lo es la formación de semillas. Si esto sigue así, año tras año va a haber un momento en que no va ha haber un reemplazo para las plantas que han cumplido su ciclo natural y están a punto de morir’.

En peligro

Pasado Farellones, el paisaje cordillerano bien podría ser el de los cerros que bordean el valle de Elqui o incluso en algunos momentos el que caracteriza a la ruta entre Calama y San Pedro de Atacama, aunque estamos a poco más de una hora de Santiago. La nieve, habitual aquí en invierno, está totalmente ausente. Valle Nevado parece un pueblo fantasma, salvo por algunos turistas que se asoman a ver un trío de cóndores que hacen su majestuosa subida hacia las alturas, aprovechando las corrientes ascendentes de aire. Pero nosotros seguimos cerro arriba: hasta la cumbre del cerro Tres Puntas, a 3.800 metros de altitud.

Allí comienzan a aparecer unos cojines color verde claro que trepan las laderas montañosas. Son parientes de las llaretas del altiplano. Estas plantas de montaña se alimentan del agua subterránea y por eso tienen raíces muy profundas. ‘Van muy abajo para buscar agua, pero cuando el nivel baja, no alcanzan a captarla. Por eso, mientras algunos colchoncitos lucen un saludable verde, otros se ven amarillos y resquebrajados e incluso algunos se han transformado en una masa gris. Lo normal es que adquieran la coloración amarilla entrado el otoño’, dice Kalin. Y agrega: ‘Estas llaretas se están secando ahora, pero no sabemos si van a morir o van a brotar de nuevo’, reconoce. El problema es que estos cojines, que al tacto son duros, pero que están conformados por miles de pequeñas plantas, son el equivalente a los corales del mar.

En ambientes tan inhóspitos, sirven de sustrato a otras especies de plantas más pequeñas. Si ellos fallan, también el resto de esta biodiversidad se verá afectada, explica Mary Kalin mientras contempla el imponente cerro El Plomo cuyo glaciar, resquebrajado, también acusa los efectos de las mayores temperaturas. El próximo destino es donde un grupo de investigadores de campo está determinando las especies polinizadoras y el impacto que puede tener el cambio climático en ellas. Dos asistentes de Kalin están parados frente a varios matorrales, pacientemente, contando los animales que se posan en ellos. Hasta ahora han encontrado abejas y moscas, pero el premio mayor es el colibrí de montaña, que esperan que aparezca hacia el fin de la tarde. Y tienen razón: justo en ese momento el pequeño pájaro se muestra, lo que permite registrarlo con detención.

‘Estamos interesados en registrar esto (el cambio en el ecosistema), porque la cantidad de néctar que producen las flores podría bajar y eso podría afectar a los polinizadores, especialmente a estos colibríes que solo viven en esta zona’, dice Kalin. Reanudamos el camino hacia unas vegas donde hay llaretas, pero de ambiente más húmedo y que tienen una textura más blandas. Al caminar sobre ellas se hunden levemente, pero mantienen estabilidad, ya que reposan sobre decenas de metros de sedimento vegetal, conocido como turberas. Aquí también hay algunos colchones secos y pequeñas flores nativas que se las arreglan para mostrar sus vivos colores. Todas tienen algo en común: se ven mucho menos que en un año normal.